La niña que bailaba en la acera del Savoy
Antes de ser la Reina del Swing, Norma Miller fue una cría de Harlem que bailaba en la calle por unas monedas, pegada a una puerta por la que todavía no la dejaban pasar.
Una tarde cualquiera de los primeros años treinta, en Harlem, una niña baila en la acera de Lenox Avenue. La música que la mueve no es suya: se escapa por las puertas del Savoy y sale a la calle, y ella la recoge igual que recoge las monedas que los transeúntes les tiran a los chavales del barrio cuando bailan bien. Cada poco aparece un portero y los espanta. Esperan un rato y vuelven. La niña se llama Norma y tiene doce años. Todavía no lo sabe, pero esa puerta cerrada va a ser la puerta de toda su vida.
Vivía con su madre, Alma, y su hermana Dot en un tercero de la calle 140. La ventana de la escalera de incendios daba a la trasera del Savoy, así que de noche la orquesta se colaba por allí dentro. Eran los años de la Depresión y en casa el dinero no llegaba; las dos hermanas se dormían arrulladas por una banda que tocaba a media manzana de distancia. Norma lo cuenta sin dramatismo en sus memorias, Swingin' at the Savoy: se acostaba imaginando que un día cruzaría esas puertas y bailaría hasta el amanecer.
Que el baile estuviera en el aire de aquella casa no era casualidad. Sus padres habían llegado de Barbados y se conocieron, precisamente, bailando en un salón de Harlem, en una fiesta de la colonia barbadense. El padre, Norman, murió de una neumonía un mes antes de que ella naciera, el 2 de diciembre de 1919. De modo que Norma vino al mundo, en cierto sentido, de un baile y de una orquesta que ya no estaba.
Un salón sin balcones
Conviene entender qué era el Savoy para entender por qué aquella niña miraba sus puertas como si fueran las del cielo. Había abierto el 12 de marzo de 1926 y ocupaba la manzana entera, de la 140 a la 141. Pero lo extraordinario no eran las medidas, sino una decisión casi invisible y profundamente política: no había entrada aparte para blancos ni balcones desde los que mirar bailar a los negros como en un zoo. Blancos y negros pisaban la misma pista. En un país donde casi todo estaba separado por una línea de color, allí, como resume Norma, el dinero de todo el mundo valía lo mismo.
La pista hacía cincuenta pies de ancho por doscientos de largo, la medida justa de la manzana, y estaba hecha de capas de arce y caoba. La pisaban tanto que había que cambiarla cada tres años; literalmente, la bailaban hasta gastarla. En lo alto de la escalera de mármol esperaba Big George, un exboxeador de Nueva Orleans cubierto de diamantes que se encargaba de que ninguna chica saliera sola de allí molestada por nadie. Dentro, dos tarimas se relevaban sin parar: cuando una banda terminaba su set, la otra entraba en el último estribillo y arrancaba la siguiente. La música no se detenía nunca.
"Eh, niña"
Domingo de Pascua de 1932. En cuanto la sueltan de la iglesia, Norma corre al salón. Hay desfile de Pascua en Harlem, como en la Quinta Avenida, pero para ella el verdadero desfile es el del Savoy. Los críos se ponen a bailar en la acera, como siempre, y entonces oye una voz: "Eh, niña". Se señala a sí misma, incrédula. "¿Yo?".
Quien la llama es Twist Mouth George, el mejor bailarín del Savoy, vestido de blanco de la cabeza a los pies y con el sombrero ladeado hacia el lado de la sonrisa torcida que le daba el apodo. Le dice que le gustaría bailar con ella esa misma tarde, en la matinée de Pascua, como sorpresa para el público. Convence al portero para que la dejen entrar con la condición de salir en cuanto acabe. Norma entra de la mano de George, sube los escalones de dos en dos y, por fin, ve por dentro lo que llevaba años escuchando por la ventana.
Cuando los anuncian, "Twist Mouth y su nueva pareja", a ella le tiemblan las piernas. Él la mira: tú sígueme y ya está. En el primer swingout siente que los pies no le tocan el suelo. Terminan con un flying jig walk, la sala se viene abajo y George la sube a hombros y la pasea por la pista entre aplausos. Después la besa en la mejilla y la acompaña a la puerta, tal como había prometido.
Lo más bonito viene luego. No se lo contó a nadie. Ni a su madre ni a Dot: la habrían tomado por chiflada. Se fue a dormir con la pista todavía girándole en la cabeza, guardándose el secreto de que había bailado en el salón más famoso del mundo con el bailarín más famoso de todos.
Por qué esto le importa a quien baila hoy
Norma Miller terminaría siendo la Reina del Swing: una de las primeras Lindy Hoppers, años de giras, de cine, de escenarios por medio mundo. Esa parte de la historia se cuenta mucho, y con razón. Pero hay otra lectura que a quienes bailamos socialmente hoy nos toca más de cerca.
Antes del foco y del campeonato, el Lindy fue un baile social. Nació de gente que iba a un salón a pertenecer a algo, no a actuar. Y la entrada de Norma a ese mundo no fue un escenario: fue una acera. Una niña que oía la música por una rendija y se moría por estar dentro. Cualquiera que haya cruzado la puerta de una sala el primer día reconoce ese tirón exacto: la música que se escapa, las ganas de entrar, la sensación de que ahí dentro pasa la vida.
Ese es el linaje del que venimos cada vez que pisamos una pista un sábado por la noche. No el del trofeo, sino el de la acera. El Savoy ardió hace décadas y ya no está. Pero la puerta que se le abrió a aquella cría de doce años sigue abierta cada vez que alguien, en cualquier ciudad, oye una banda al otro lado de una sala y piensa lo mismo que pensaba ella en su escalera de incendios: un día de estos entro ahí y bailo hasta que salga el sol.
Fuente: Norma Miller, con Evette Jensen, Swingin' at the Savoy: The Memoir of a Jazz Dancer (Temple University Press, 1996).
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